8 sept. 2009

El patio andaluz



Ya no se oyen los gritos de los soleares, ni de los fandangos ni de las seguidillas. Los cantos de las bulerías se han perdido entre el viento que sopla y nunca enfría. El color del patio andaluz se ha tornado gris, helado.
Comenzaba a llover cuando el joven se paseaba por entre las azaleas, teñidas de sol y luz, emanando el olor del verano. Ahora todo es nada y nada es todo. El taconeo de una sevillana se escucha a lo lejos, muy distante de las paredes níveas y algo rugosas, adornadas con platos de espiral, de flores y pájaros, de cerámica colorista y grumosa.
Antes el traje de un señorito descansaba sobre las sillas de mimbre entretejido, fuerte y lazado como brazos y manos unidas, y una conversación incesante revoloteaba por el cielo como mariposa sin rumbo.
Antes las noches estivales llenaban el patio con estrellas y jazmines y guitarras, con versos del poeta maestro y canciones profundas, oscuras. La luna como escenario rielaba en las fuentes bravas, de aguas salvajes y cristalinas, siempre corriendo. Reflejándose en el oro bruñido de las joyas y en los bordados de flores vivas.
Antes era color y música y lírica. Ahora; silencio
.

12 may. 2009

Realidad Ficticia

Una película es como viajar en metro. Sólo tienes que meterte en un vagón, en cualquiera, a hora punta, y los personajes se irán presentando ante ti .

El otro día una señora mayor entró con prisa franqueando las puertas de cristal, que ya amenazaban con cerrarse y estropear aquél abrigo de paño ajado que tantos años había llevado puesto. El caso es que la pobre mujer parecía fatigada. Le hubiera cedido mi asiento si no fuera porque yo también permanecía de pie (raras veces me siento en el metro, siempre hay alguien que lo necesitará más que yo). Contemplé con cara de pocos amigos a los individuos que sí gozaban de un asiento, qué desfachatez. Me dirigí a uno de ellos, no era ni joven ni viejo, rondaría la treintena, y se quitó los auriculares para escucharme. Le pedí, con la amabilidad de la que sabía hacer gala, que dejara sentarse a la pobre señora, ¿O es que no veía que estaba cansada? ¡Imbécil!. No, pero eso último no se lo dije, no quería yo tampoco que me llovieran tortas sin comerlo ni beberlo. El caso es que el hombre de mediana edad se apeó de su fortaleza de plástico duro y se marchó a una esquina del vagón, colocándose de nuevo los auriculares y mirándome como si fuera idiota, o seguramente algo peor.

La entrañable anciana me dio las gracias y se sentó complacida, descansando así por fin sus piernas llenas de varices. Sonreí satisfecho y mi pecho se hinchió de orgullo, nunca había participado en una película, ni siquiera era actor, pero ese papel lo había hecho francamente bien, y el villano permanecía apoyado en la pared. Agradecí cortésmente los aplausos que aquella gente soñolienta me brindaba, como el salvador que era. Todos me miraban expectantes, con los ojos inyectados en brillo y vitoreándome sin parar. Todos menos una pareja. La mujer parecía realmente enfadada y discutía acaloradamente con su pobre marido, acusándole de no comprar lo que ella le mandó y pronosticando que la cena de aquella noche sería poco menos que un desastre.

Miré el reloj que descansaba sobre mi pulsera, sólo habían pasado cinco minutos desde que entré en el vagón, así que me dirigí hacia allí, en pos de continuar con mi periplo cinematográfico. No sabía qué papel tendría que desempeñar aquella vez, pero aún me sobraban diez minutos de fama. Algo se me ocurriría.

14 feb. 2009

Fundidos


Si no hubierais sido así, tan iguales, tu corazón seguiría intacto y tu mirada limpia. La conocías y ella a ti, demasiado bien o demasiado mal, según se mire. Vuestros ojos se cruzaban siempre, con la certeza de que vuestros caminos nunca se separarían, de que vuestras huellas permanecerían paralelas en la misma senda. Si no hubierais sido así, tan iguales, ahora tus manos no tocarían esta guitarra y la voz no sería quebrada, como un lamento en mitad del silencio.
Perdidos en los mismos mundos, aquellos en los que las palabras sobraban y el tiempo se tornaba lento, con ausencia de todo y de nada a la vez. Os alimentabais de lo mismo y usabais el mismo perfume de indiferencia, por encima de todo.
Si no hubierais sido así, tan iguales, ella estaría a tu lado y tú tendrías el rostro liso, sin las muescas de una vida amarga.
No era preciso discutir, los gestos os delataban y las palabras vacías caían por su propio peso, dejando una estela de sentimientos de imposible definición. El dolor por la intimidad perdida os enloqueció y la presencia de vuestras propias sombras entorpecía el camino. Os arrebasteis las llaves de la razón , por eso, si no hubierais sido así, tan iguales, tu corazón no estaría maltrecho.
Esculpiste su imagen en tu cuerpo, a fuego, como el sello de un delirio infinito, y esa felicidad consentida acabó con lo que quedaba. Precipitados hacia una espiral sin salida, erais uno en dos cuerpos.

3 feb. 2009

Fin de exámenes

Los exámenes; esas pruebas malditas que los profesores se empeñan en colocarnos, más tarde o más temprano, para evaluar nuestros conocimientos sobre su materia. Se fija una fecha y una hora, las cuales se nos antojan muy lejos y nos vemos con el tiempo necesario como para estudiar en profundidad , leernos todos los libros y hacer un buen análisis, e incluso completar nuestros apuntes con ayudas de enciclopedias o manuales.

Pero, la realidad dista mucho de esa imagen idílica que poseemos de nosotros mismos y de nuestras facultades. Dos semanas antes del examen, ya andamos perdidos: ¿Dónde están mis apuntes? Se los dejaste
a fulanito y ahora no hay forma de recuperarlos... pero, ¡si ese día no viniste a clase! ¿cómo pretendes tenerlos ahora?.
Miramos el calendario con ojos macilentos, los días van pasando y aunque eres consciente de que el tiempo se te agota, no haces nada para remediarlo. Ya empezaré mañana... te repites a ti mismo una y otra vez, con la esperanza de que en algún momento esa retahíla se convierta en un hecho. El mañana llega y te mantienes sentado frente al ordenador, mirando páginas que apenas te interesan, ojeando fotos de gente desconocida, incluso te pones a hablar con personas con las que hacía años que no lo hacías, con tal de no coger los libros.

Queda una semana, ahora en serio, debes ponerte a estudiar. Sentado a la mesa, colocas minuiciosamente los libros, los bolígrafos, la lámpara. Con parsimonia, retrasando aún más el momento. Te metes de lleno en los apuntes. Una hoja, dos ... en la tercera ya te recreas, leyendo frases repetidamente, cuyo significado parece haberse esfumado por arte de magia, pues no se lo encuentras por ningún lado.
Es hora de descansar, te dices a ti mismo, me lo merezco. Cualquier excusa es buena para hacer un parón, el hambre o la sed son pretextos muy socorridos, y a veces incluso deseas que tu madre te llame aunque sea para regañarte. Terminados los minutos de asueto, a menudo más largos de lo debido, te encaras de nuevo con los libros. Sientes que el tiempo pasa más rápido de lo normal, ¡pero si hace nada era de día!, te lamentas. El vuelo de una mosca te distrae, sigues su trayectoria con la mirada, hasta que se posa en algún punto de la estantería; se acabo el entretenimiento. Observas a través de la ventana o te concentras en la pared que tienes en frente, como si allí fuera a aparecer la solución a todos tus problemas.

Queda un día ¡un día!. Como si se tratara el fin del mundo, te levantas pronto, algo que deberías haber hecho durante todos esos días atrás. Te compadeces a ti mismo porque el sueño te arrebata la razón, no eres capaz de pensar y hasta tus propios bostezos te desconcentran. La noche anterior al examen, te quedan aún varios temas. Con la cara similar a la de un zombie sediento de sangre, apoyada la mejilla sobre la mano, miras con rabia la pila de hojas que se extiende por tu escritorio. Vas pasándolas con lentitud, te quedan muchas, pero en lugar de ponerte a leerlas de una vez por todas, te mortificas pensando que no vas a conseguir meterte todo eso en una noche.
Maldices al profesor, al cual te imaginas durmiendo plácidamente sin ningún tipo de preocupación, hasta que te planteas que sufra un desafortunado accidente. Sonríes ante la macabra idea, pero rápidamente los apuntes te gritan que sigas estudiando. Sacudes la cabeza, preparas café, tomas bebidas energéticas, cualquier cosa para mantenerte despierto.
A altas horas de la madrugada, no puedes más. Tu cabeza parece pesar tres veces más de lo habitual, tus ojos están tan llorosos por el sueño que te parece estar viendo a través de las catarátas del Niágara, y tu boca ya no da más de sí, pues la has estirado tanto para bostezar que hasta te duele la mandíbula.
Cierras el libro con pesar, abandonas los apuntes a su suerte y vislumbras la cama: caliente y apetecible, parece llamarnos y nos rendimos ante su petición.
Por la mañana, cogemos de nuevo los apuntes y repasamos con frenética angustia, leyendo párrafos desconocidos para nosotros, seguros de que antes no estaban allí.
Maldecimos unas cuantas veces al que formuló tal teoría o al que le dio por empezar una guerra. En la puerta de clase, miramos a nuestros compañeros, algunos están igual que nosotros, con cara de no haber dormido en toda la noche y con más temblores que un enfermo de Parkinson. Otros, en cambio, permanecen tranquilos, charlando animadamente. Les insultas en tu interior, y deseas estar en su pellejo.


Una vez sentado frente a las preguntas, confías en que alguna te suene de algo, aunque sea mínimamente. Destapas el bolígrafo con las manos entumecidas, y te dispones a escribir, rezando a todos los santos que conoces y dejando tu destino en manos de la Divina Providencia. Lamentándote por no haber estudiado más, observas como gente a tu alrededor escribe con asombrosa rapidez, llenando folios y folios con letra enjuta. ¿Qué demonios les pasa? Un tema no da para tanto.
Al finalizar, depositas dos míseras hojas en la mesa del profesor, apocado ante los repletos exámenes de tus compañeros, y, arrastrando los pies sales al pasillo.
Respiras hondo, sabes que vas a suspender, lo sabes, aunque en algún lugar de tu mente guardas la remota posibilidad de que al profesor le de alguna especie de síncope y te apruebe. La esperanza es lo último que se pierde, o eso dicen.

Prometes estudiar más para el próximo examen, con suficiente tiempo y sin prisas. Meditándolo unos segundos más, te ríes de ti mismo, sabes perfectamente que eso nunca ocurrirá.

2 feb. 2009

La senda de la pluma


Antes de nada, ¡Bienvenidos!. La idea de empezar un blog surgió hace mucho, en efecto comencé uno, pero a los pocos meses lo abandoné por falta de tiempo o de ganas, quién sabe.
Ahora con este nuevo espacio, pequeño y espero que confortable, me decido a plasmar todo aquello que ronde por mi cabeza, o casi todo.
Tengo decenas de escritos esparcidos por mi ordenador, por mi habitación, por mi cabeza, y es hora de ponerlos en orden. Sólo espero que sigáis esta senda, al menos probad durante unos días y si no os gusta, sois libres para abandonarla. Se aceptan todo tipo de comentarios y sugerencias, intentaré contestarlos con la mayor brevedad posible. Me despido; hasta la próxima, claro.